lunes, 12 de mayo de 2014

Raúl Monasterio.

Con el Valle de Ip de decorado.

Han pasado ya algunos años de la desaparición en el monte Artesonraju de Perú, de una de las personas que más me han impactado y transmitido en mi vida como montañero; el mendigoizale de Iruña Raúl Monasterio. No recuerdo exactamente el día que lo conocí, pero sí  me vienen a la memoria algunas anécdotas de él de las salidas del Gaztaroa. Por aquella época respetaba a dos tipos de ese club de San Jorge: Uno era Ernesto, con el que estuve en la cima del Mont Blanc hace once años, y el otro era Raúl. 

       Raúl impresionaba por la fuerza que tenía subiendo montañas y porque cantaba la "Polla Records" mientras los demás íbamos con la lengua afuera (aunque fuera abriendo huella en la nieve). En una ascensión invernal alguien le dijo "Raúl apúntate a alguna carrera de montaña, que seguro lo harás muy bien" y contestó algo así como que prefería mil veces más una trave con los colegas que una cosa así. Nunca olvidaré sus "berridos" en el pico Marcadau sobre Panticosa imitando al cantante Evaristo, ni olvidaré sus regresos a Iruña en autobús, con la capucha del abrigo tapando su cabeza y fumándose unos petardos. Era un tipo que transmitía carisma. En una salida a la Moleta sobre Canfranc, se me ocurrió seguirlo en el descenso y acabamos "esquiando" por un corredor de su cara sur mientras el resto de la gente bordeaba el asunto por el oeste. Raúl me cogió algo de ventaja en un resalte donde no frenó y yo sí, y después siguió a su bola. Era un poco solitario.

        Su manera de ser era distinta a la de algunos "jefecitos" del Gaztaroa. Recuerdo como si fuera ayer sus protestas y las de otros ante la famosa "Parada del Hijoputa" (arrancar del descanso sin haber dejado tiempo para descansar a los últimos en llegar). En el Gaztaroa había cierta tensión aquellos años porque en los noventa habían sufrido algunos accidentes de montaña con consecuencias dramáticas. En una salida al Pico Marmoleras del año 2004 uno de aquellos jefecitos la tomó conmigo después de dos sustos en el grupo (una chica en el sendero a Bachimaña, y un chico en la pala cimera), porque no llevaba los crampones puestos (ojo, el sesenta por ciento de la gente no los llevaba porque no era un tramo expuesto y había nieve blanda). Aquel tipo descargó contra mí la tensión y la desesperanza de quizá muchas temporadas llevando a gente por la montaña, simplemente porque yo tenía 20 años y era un poco revoltoso. Ni siquiera me reconoció de cuando coincidimos en la cima del Mont Blanc el año anterior, o no quiso hacerlo (nosotros eramos casi dos adolescentes que subimos muy bien y a ellos les costó sangre, sudor y lágrimas porque en su viaje a Alpes iban primero al Mont Blanc y después al Paradiso y no al revés). Respecto al material a llevar, lo único que tenían que hacer era pedir al grupo que no hiciera la "Parada del hijoputa" y explicar a la gente que a partir de aquel punto todo el mundo tenía que llevar tal o cual cosa puesta. Sin embargo el mundo de la montaña es un mundo de egos que chocan cuando no se ponen las normas claras, y había follones a cada esquina. Algunos suelen comportarse como el gran macho que marca el territorio. Hace un año coincidí con otro de esos "jefecitos" del Gaztaroa en la zapatería de lo viejo que trabaja. Entré para arreglar unas zapas de trail running y de nuevo me dí de bruces con esa arrogancia y sabiduría pedante del pasado; "haces muy mal en ir en zapatillas al monte, al monte se va en botas", me dieron ganas de contestarle algo así como "de cara al público se habla con humildad y actitud servicial, no como el boxeador que hace el pesaje delante del adversario poniendo posturitas, además eres gilipollas porque al tener una zapatería te interesa que la peña vaya rompiendo zapas, ¿o qué? ¿hay alguien ahí?".

          En aquel tiempo idolatraba a tipos como Raúl, Ernesto o el mismo Iñaki Ochoa de Olza porque eran personas que no se metían con nadie, iban a su bola y con ello demostraban humildad, pero que sin embargo eran  respondones cuando la situación lo merecía. Era lo que yo, por ejemplo, no tenía, y por eso entre otras cosas los idolatraba. Ojalá hubiera más gente como Raúl Monasterio, un hombre sensible, se le veía a leguas, y fuerte y apasionado con el monte como el solo. Su vida se apagó en un viaje  a la Cordillera Blanca en solitario. Encontraron su cuerpo en la base del Artesonraju... 



Una parada del Gaztaroa.
Raúl, un tipo que dejaba huella.

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